lunes, 12 de noviembre de 2012

Bienvenida





No soy un hombre violento, en absoluto, creo firmemente en que los problemas se resuelven hablando... pero cuando descubres por el retrovisor a un sujeto acercándose sigilosamente por tu espalda, tampoco quedan muchas más opciones.

Seguramente pensó que era un buen botín: Un chico joven y solo, con el coche lleno de maletas en un aparcamiento oscuro, presa fácil y botín jugoso; la ausencia de guardias y cámaras de seguridad sólo facilitaban la situación. La verdad es que me había pillado en el peor momento, fuera del coche y con las llaves en la mano; tenía la huída limpia con solo dejarme inconsciente. Por suerte o por costumbre lo había pillado al mirar el espejo del coche, con lo que guardé las llaves en el bolsillo y preparé mi defensa.

Cuando lo tuve a medio metro giré a la izquierda en busca de su brazo derecho y lo agarré por la muñeca.T tenía una navaja de barbero brillante y afilada sujeta con fuerza pero sin técnica; tenía que conseguir que la soltara. Gancho derecho a su oreja en el mismo movimiento para aturdir y, cuando relajó los músculos por el golpe, rodillazo el codo para que soltara la navaja; eso dejaría secuelas sin romperle nada.

"¡Mierda!" Una segunda voz. No podía arriesgarme a que este nuevo atacante se hiciera con la navaja. Codazo en la mandíbula al que tenía sujeto y empujón con ambas manos para alejarlo y coger el arma. No era demasiado conveniente mancharme las manos de sangre por lo que, aprovechando el tiempo que quedaba, cerré la navaja y la sujeté con la mano derecha para darle contundencia a mis golpes.

Mis atacantes eran dos drogatas veinteañeros con un buen plan: mientras uno me inmovilizaba el otro podría quitarme las llaves y llevarse el coche. Con la ventaja perdida deberían haberse retirado, pero la mirada de cabreo que se reflejaba en los ojos del segundo atacante demostraban que todavía no habíamos acabado.

Ellos tenían el número, yo el arma y la sobriedad; ellos eran solo un par de drogadictos cabezotas en busca de dinero fácil para una nueva dosis. Dos contra uno y no valía huir, no cuando toda mi vida se encontraba embutida en ese coche; tampoco podía pedir ayuda puesto que los tenía delante, uno listo para atacar y el otro levantándose.

Tres, dos, uno: Cerré con fuerza la puerta de mi coche adelantándome hacia el segundo atacante, lo agarré del cuello y, aprovechando su sorpresa y mi velocidad, lo golpeé contra el coche que tenía delante reventando la ventana. Probablemente tendría que pagar el arreglo luego, pero de momento me parecía un buen trato. Gritó con fuerza pero no se desmayó; el cabrón era resistente. Me dio tiempo a asestarle un golpe en la mandíbula antes de sentir al otro por mi espalda. Me giré y preparé para la embestida y, aunque no me hizo daño, consiguió derribarme haciendo que perdiera el equilibrio. Caí de frente contra el pavimento.

Aunque no solté la navaja el golpe me dolió; no quería quedarme de espaldas, por lo que rodé arañándome el brazo derecho al golpear el suelo. Bueno, una camisa arruinada y una herida que duraría un par de días, el marcador aún estaba a mi favor.

El corte en el brazo era superficial, pero escocía como los mil demonios. Conseguí acuclillarme y hacerme un ovillo antes de la primera patada. Sin poder levantarme y teniéndolo tan cerca estaba en desventaja, más aún con el otro individuo levantándose hacia mí.

Los golpes dolían, pero al menos no dejarían más que moretones; tampoco tenía que esperar demasiado, solo hasta que llegara el segundo atacante. "Tres, dos, uno" En cuanto estuvieron cerca los dos puse todo el peso de mi cuerpo en la punta de los pies y me impulsé lo más fuerte que pude buscando la barbilla del primero con mi cabeza; antes de que golpeara el suelo ya había lanzado al segundo un gancho rápido de izquierda en plena mandíbula y, sujetándolo con la misma mano antes de que se alejara, lancé un gancho de derecha con fuerza suficiente para tumbarlo.

La pelea estaba ganada, eso lo teníamos claro los tres, pero por si cabía alguna duda un poco de intimidación no haría daño. Me acerqué al que parecía más espabilado y, con la navaja abierta y reluciente, lo tomé por el cuello de la camiseta poniéndolo de pie a apenas unos centímetros de mí. Apestaba.

No hicieron falta palabras, un par de segundos mirándolo a los ojos con la cuchilla a la altura de su entrepierna dieron una mejor advertencia que cualquier cosa que pudiese haber dicho. Tras un empujón corrió hacia su compañero y se alejaron echando la vista atrás de vez en cuando para ver si los seguía observando.

Me dolía todo, pero dentro de lo malo había salido bien parado. Escribí una nota de disculpa en el reverso de mi tarjeta de visita y la dejé enganchada en el volante. Este no era un buen lugar para dejar el mío así que encendí el coche y conduje fuera del aparcamiento. Tras cinco minutos dando vueltas me dirigí al norte hasta las dos torres. Tendría que cambiar mis planes de esta noche.

martes, 7 de agosto de 2012

Conversaciones robadas



Hablemos del tiempo, de ese calorcillo dorado que recorre tu cuerpo mientras tomas el sol al lado de la piscina, y de esa brisa de viento que se arremolina entre tus cabellos cuando caminas por Madrid, o de esas tormentas de verano, inesperadas, que se cuelan en una tarde soleada removiendo las hojas de los árboles y llenando el cielo de luz y color.

Hablemos de astronomía, y de esa luna blanca y enorme que nos observa desde el cielo, de las mil constelaciones que lo adornan recordándonos que, por muy alejados que estemos de nuestro camino, seguimos lo suficientemente cerca para verlas. Y los deseos pedidos mil veces en esas lluvias de estrellas que dándose por perdidos nos sorprendieron un día como de milagro.

Y de la magia y el tarot, del esoterismo, y de ese sino implacable que mil veces nos arrastró; recordemos las cartas y jugadas, el arcano mayor y menor y ese destino jamás forjado y la oportunidad de cambio que hasta el arcano número trece, la carta de La Muerte, nos proporciona.

Recordemos esas implacables negativas y rotundas respuestas que, con astucia y tesón cambiamos favorablemente, recordemos los imposibles que forman parte de nuestra vida y que antes siquiera imaginábamos.

Y esos amores que nos embelesaron y olvidamos, o los que aún nos siguen atormentando, recordemos cada paso y caída y aprendamos para construir con buenos cimientos los que está llegando o aún no hemos visto.

Y de olvidarte de destinos, que correr sea el camino y la compañía la única razón para quedar. Hablemos de esos planes espontáneos y planeados, de coger el coche sin destino o pedalear diez kilómetros más cuando solo buscabas dar un pequeño paseo en bici. Recordemos que esos planes son solo excusas para ver a quien queremos, excusas para pasarlo bien, y que aunque apuntemos al norte, no existe camino, solo mar.

Y antes de despedirnos hablemos de la soledad, de las pequeñas pesadillas a las que nos enfrentamos con o sin nuestros peluches protectores, de las camas vacías y las noches en vela, y de como en una noche cualquiera, por primera vez, hubo alguien que compartiera contigo un abrazo o caricia tranquilizadora, o su peluche para protegerte, y como esa vida que empiezas a reparar con cinta americana y pegamento, se vuelve mil veces más fuerte por la gente con quien la reconstruyes.

lunes, 6 de agosto de 2012

Finally a real Reboot!

Llevo tiempo queriendo escribir, teniendo claro qué quiero escribir y como, pero me fallan las palabras, los símiles y metáforas e incluso esas pequeñas rimas locas que surgen entre mis normalmente versos libres... ¿Me falta algo?

Tiempo, me hace falta tiempo. Llevo tres años y pico realmente jorobado, completamente perdido sin una brújula que me guíe e intentando despegar mil veces sin ponerle gasolina al avión. Y sin embargo, como suele pasar, todas las piezas encajaron a lo largo de medio mes que curiosamente coincidió con el lunar. Me fijé por casualidad, coincidencia realmente; miré la luna en un pequeño momento de reflexión mientras caminaba por un paraje oscuro y desierto, luego consulté el móvil para ver el ciclo lunar y sí, esa luna que en aquel momento se encontraba en cuarto creciente, había empezado su ciclo eterno en los mismos días que mi cabeza empezaba a encajar todas las pequeñas piezas desperdigadas de mi vida.

Y el cambio ha sido enorme, aunque no se note a simple vista, no necesito máscaras para sonreír, y me sobra energía para los mil planes que cabeceo. Corro, monto en bicicleta, y aunque mi cuerpo más o menos me sigue el ritmo, son mis músculos los que se cansan antes. Es verdad que intento no forzar, pero el decir "cien metros más" corriendo o "un kilómetro más" en bici me es tan fácil...

Y es que no soy capaz de estar más de una hora quieto... salvo cuando me tiro en la cama agotado y me duermo tres horas o más para, al levantarme, darme cuenta lo cansado que estaba mi cuerpo, que tras ese pequeño reposo me pide más emoción, más endorfinas, más ejercicio y aventuras.

Y ya apenas cocino o como, no tengo tiempo para eso, ni ganas; veo series mientras corro o no las veo y aunque no gasto más de dos horas diarias en correr, mi día se organiza en torno al momento en el que pueda ponerme el chandal y las deportivas y montarme en la cinta a batir el record del día anterior.

Y he redescubierto el placer de la bicicleta, aunque tengo clarísimo que la mía necesita una revisión completa porque cada vez que fuerzo en una cuesta rápida salta la cadena. El otro día la cogí porque me apetecía dar una vuelta larga; tenía clarísimo que iba a llegar a colmenar viejo y volver... hasta que llegué y vi golosamente la cuesta que me llevaba a la carretera. "A ver si llego hasta el centro comercial al sur de Colmenar", pero la salida me supo a poco. "Uff, un pequeño esfuerzo más y llego a Tres Cantos", y tras pasar esa barrera y verme en la estación del "Goloso" paré y pensé un momento mientras vaciaba la botella de agua. "Hay alguien a quien quiero ver, a quien necesito ver y hablar... y ya llevo más de la mitad del camino".

El problema vino cuando, tras tres horas de bicicleta, casi tocando las cuatro torres que presentan Madrid al norte, el carril bici me desvió al oeste hasta llegar a Fuecarral-El pardo. Miedo y horror cuando supe que, si seguía ese camino, acabaría en la casa de campo evitando el Paseo de la Castellana, mi principal objetivo. Me lancé a la aventura.

No tengo muy claro cuánto tiempo estuve perdido, pero me costó un rato largo llegar a la carretera dichosa que me llevaría hasta las cuatro torres, lo que sí sé es que, tras cuatro horas y cuarto, más o menos, llegué a Nuevos ministerios, con las piernas ardiendo y una sonrisa en la cara.

Y quiero repetirlo, la verdad, probablemente el jueves lo vuelva a intentar saliendo por la mañana... aunque esta vez intentaré mirar primero los mapas para no repetir lo del otro día. Lo que sé es que para ese viajecillo necesitaré mínimo otros tres litros de agua y que debería intentar no hacer el viaje si ese mismo medio día ya me he desgastado corriendo diez kilómetros y sin comer.

jueves, 19 de julio de 2012

Necesito...


Mirarte a la cara y decirte que eres lo más hermoso que he visto nunca.

Perderme más a menudo en tu mirada disfrutando de cada gesto de tu sonrisa.

Recuperar el tiempo perdido.

No comerme la cabeza con quizás y aprender que, muchas veces, no hay nada como soñar despierto.

Y vivir esos sueños, que no se queden en la cama.

Ser sincero sabiendo que hace tiempo que no estoy solo y que debo empezar a pensar en "nosotros" y ya no en "tú" y "yo".

Dejar de idealizar el mundo y trabajar en él, cambiarlo, aprendiendo de él sin que me cambie.

Buscar tus abrazos y cada roce perdido; tus sueños y silencios y esas horas en las que basta con la compañía y en la que sigues creciendo, estudiando y aprendiendo, moviéndote en el mundo por tu cuenta sin olvidar que estamos para cuidarnos las espaldas.

Y aceptar el pasado, saber que no se puede cambiar lo vivido y abrir caminos nuevos con nuevas experiencias; respirar. Y todo esto sin olvidar que aunque el pasado ya ha sido, la gente no deja de crecer, no deja de cambiar, y salvar esos "te quiero" no dichos y compartidos.

Y dejar de llenar mis maletas de "por si acasos", y encontrar hueco para nuevas experiencias y personas, para lo que realmente valoras, para lo que de verdad voy a necesitar. Y es que vale más una mochila ligera con la que caminar deprisa que una maleta que te ate, perdiendo oportunidades.

Dejar de perder el tiempo con nimiedades y empezar a costruir mi vida, olvidarme de laberintos y noches sin luna y utilizar mi propio fuego para decidir el camino.

Disfrutar ese camino y no solo la meta, y que mi propia curiosidad me lleve a encontrar la belleza en el mundo.

Y no atarme a mis propios dogmatismos por muy razonados que sean; y es que la vida cambia tanto que lo que antes era negro ahora es gris.

Necesito...

Necesito dejarme de pajas mentales y buscarte, luchar por cada roce y caricia, por que haya más que un roce de nuestros labios y cuatro palabras bonitas, porque la próxima vez que nos encontramos y me tapes los ojos preguntándome por tu nombre, sepa callar y besarte, olvidarme de formalismos y lanzarme jugando todas las cartas en ese sueño. Necesito luchar por ti, Mujer de Ojos Negros, y poder decir, incluso en el peor de los casos, que di todo de mí y supe enfrentarme al miedo y caos que son mis emociones, que no quedó en mí.

sábado, 30 de junio de 2012

Layla



Me encantan los perros, me parecen los animales más dulces y fieles con los que uno pueda compartir hogar, y es que así como tú los invitas a ser parte de la familia, ellos, a diferencia de los gatos, canarios o cualquier otro típico animal de compañía, toman a la familia como manada, como grupo, como identidad propia. Es por esto que cuando llegas a casa, sea con una sonrisa o la cara larga, ellos te reciben con alegría en la voz y lamiscones varios agradeciendo solo tu presencia, e independientemente de como hallas llegado, tras ese cálido recibimiento, no puedes si no sonreír.

Parte de quien soy yo se debe a las grandes compañías caninas con las que he pasado en mi vida, y es que de mis veintidós años solo he estado cuatro sin mascotas. Y como dice Jorge, se nota quien ha tenido perro, se nota en el concepto de familia, de grupo y de manada, en como tu naturaleza te lleva a cuidar de tu grupo solo por el placer de sus sonrisas y de la capacidad de sonreír siempre pese a los malos tragos. De pequeño me hacía mucha gracia la historia del hombre que colgaba sus problemas en el árbol que tenía a la entrada de casa, y es que con estos pequeños, es lo que tiendes a hacer, a tomarte un respiro de tus problemas o soledad, llegar a casa y que tu preocupación más grande sea encontrar las llaves rápido para que ellos no lleguen a llorar de emoción mientras esperan verte.

Y no es solo eso, es el calor y compañía que dan, y lo digo hoy a las diez de la mañana con una bolita peluda a mi costado que ha levantado las mantas para acurrucarse piel con piel mientras leo y escribo en el ordenador. Y sé que es completamente aleatorio este post, pero también lo fue el de anoche a la una de la mañana, y es que en el fondo necesitaba respirar, y creo que lo estoy haciendo.

viernes, 29 de junio de 2012

Ruta 609


Hoy os escribo desde en medio de la nada, con la luna en cuarto creciente y en una carretera a oscuras con sólo las luces de la noche como compañía. Es verano pero esta fresco, un viento frío de la sierra sopla silencioso y solo el rápido zumbido de los coches rompe el canto de mil grillos y cigarras. Hay un mujido o dos como contrapunto de la melodía, un sonido cálido que me acompaña a cada paso mientras escribo.

La verdad es que hace siglos que no actualizaba el blog; algo que me permito solo por lo privado de los lectores que aunque me conozcan o me tengan como el loco de las letras, me siguen quedos y callados sin pedir más escritos de los que surgen espontáneamente. Ya me pondré este verano manos a la obra a recuperar el tiempo perdido, y no sólo con el blog, también con lo que he perdido desde que mi reloj dejó de marchar hace más de dos años.

¿Y qué hago escribiendo en medio de una carretera y a oscuras? Buena pregunta, un ligero paseo en soledad que necesitaba. ¿Día malo? En absoluto, de ser así habría corrido a descansar entre las sábanas presto a enfrentarme a las horas de estudio que me esperan mañana. Realmente necesitaba respirar, y es que las sonrisas compartidas te dejan sin aire cuando no tienes más que risas preparadas de antemano. Cuando vives respirando el bullicio de la gente, la intimidad refresca, pero sí, pero el oxígeno puro agota mientras cura. Y es que las horas y causalidad también dieron de su parte. Entre esperar hasta la llegada de lo conocido o aventurarme a una parada desierta he sucumbido ante las delicias de la novedad, del riesgo y emoción de buscarme la vida, y de no saber como y disfrutando el recorrido, de soltarme de la rutina y explorar.

Y aquí estoy, tras dos kilómetros a oscuras, guiándome por el tacto de los pies en la calzada mientras escribo, viendo fantasmas en cada esquina sonar... Pero es que me hacía falta ver el camino desierto, el frío en la piel y el viento removiendo mi cabello; necesitaba alejarme del mundo con un objetivo propuesto y un camino conocido y redescubierto para volver a empezar.

¿Eso lo he tenido siempre? Quizá, pero hoy mi alma lo pedía a gritos, y yo necesitaba soñar.

martes, 21 de febrero de 2012

Bouvier




Albacete... si me hubiesen propuesto ir a Albacete hace veinticuatro horas, seguramente habría dicho que allí no se me había perdido nada, y sin embargo hoy me encontraba en Atocha esperando a que llegase el tren. Tenía frío y sueño y aún llevaba algo de alcohol de la noche anterior. Quería cama, las persianas bajadas y arrebujarme entre las sábanas debajo de mi enorme edredón, pero no, mi hermano tenía que perder las llaves del coche y hacerme coger el primer tren hacia un pueblo en medio de la nada… bueno, no era un pueblo, pero entre el cabreo y el sueño, una ciudad tan pequeña era para mí un pueblo… ¿o era realmente un pueblo? En fin.

El tren llegó a tiempo haciendo chirriar los raíles al frenar, en el fondo me hacía gracia coger un tren así a lo loco y en secreto, era como una pequeña aventura ligeramente surrealista, además de que en el fondo los trenes tenían su encanto. Quitando el metro y algún que otro cercanías, solo había viajado en tren para visitar a mi tía, pero es la primera vez que viajaba completamente solo.

Hay una gran diferencia entre viajar en tren o en avión, acostumbrado a las horas de espera y todos los controles antes de poder subir, sentí que todo era demasiado fácil. Billete, DNI y a buscar vagón, nada de quitarse los zapatos o vaciar la mochila de líquidos u objetos punzantes. Caminé despacio buscando el vagón mientras la gente me adelantaba. Me gustaba esa sensación de espectador al ver como la gente, en su día a día, tomaba el tren como algo habitual, casi podía sentir el lápiz llamándome para dibujar ese momento, con cien personas diferentes caminando hacia su destino, el morro el tren a la izquierda y la estación como marco mirando todo el lateral del tren.

Sin darme cuenta me quedé parado, quieto intentando memorizar cada detalle del paisaje. Me llamó la atención cierta pelirroja, me encantó esa bufanda enorme tejida a mano, gris y con flecos, que llevaba enrollada sobre el abrigo dando mil vueltas hasta taparle la nariz. Me pareció monísima, con esos ojos verdes chispeantes y las pequillas salpicándole el puente de la nariz. La vi dos segundos, pero intenté quedarme con su abrigo negro, los vaqueros azul celeste, las botas negras y como le asomaban las mangas de una camiseta gris por debajo de las de la chaqueta. Era básico, muy básico, pero si conseguía recordar eso, podría describirla luego.

No creo en el destino, creo que somos libres de tomar nuestras decisiones y que el futuro aún está por determinar, pero la experiencia me ha enseñado demasiado como para creer que este mundo solo hay casualidades. Creo en las coincidencias, en que nuestra voluntad y fe afecta a nuestro día a día, que el mundo es una gran corriente de sueños y deseos y es nuestra voluntad la que decide si la seguimos o luchamos contra ella; por eso creo que encontrármela fue una coincidencia, ni puro azar ni un deseo divino, casualidad.

La vi de perfil, luchando con su maleta para ponerla en el portaequipajes. Era preciosa, tenía las mejillas ligeramente encendidas y el ceño fruncido mientras luchaba contra la gravedad y el tamaño de su maleta. Me encantó la sorpresa en sus ojos cuando, en dos movimientos, encajé la maleta en el portaequipajes. "Gracias", susurró, "De nada", le contesté. No suelo ser tímido, y normalmente habría buscado una frase ingeniosa como respuesta, pero el lápiz me llamaba demasiado, me quemaba buscando pintar esos ojos de esmeralda, y esa sonrisa juguetona de labios rosados.

A las nueve y veinticinco salió el tren, perfectamente puntual, despertándome del embrujo de ese fuego verde. Ella fue a su asiento, sacando el ipod y desenrollando los cascos con dedos ágiles. Tomé mi billete, me tocaba pasillo; busqué con mi mirada el número de asiento y la casualidad me devolvió a su lado. Otro cruce de sonrisas, mi mochila en el portaequipajes y el cuaderno de bocetos listo para ser estrenado. A pesar del traqueteo del tren podía distinguir la voz de Cobain sonando por sus cascos.

Intenté concentrarme en la estación, en las vigas vistas del techo y el juego de luces de la mañana. Una niño pequeño caminando a lo lejos, de espalda cogido de la mano de su madre, y un hombre con traje y portafolios. Y sin darme cuenta empecé a esbozarla, esos vaqueros de color azul celeste ceñidos a sus piernas largas y esbeltas. Me recreé en los mechones sueltos de su cabello que escapaban rebeldes de la bufanda, y en la textura de esta, cálida, acogedora… Y es que en el fondo quería dibujarla a ella, el lápiz me lo pedía a gritos; me giré para ver si me veía, si se daría cuenta, la pillé mirando el paisaje, con los cascos ocultos por el cabello.

Cambié de hoja y dibujé la ventana y el borde del asiento, una silueta en sombra recreaba su postura, recostada y con la cabeza apoyada contra el borde de la ventana; su mano izquierda sujetando el ipod, la derecha mesando su melena pelirroja. Me encantaron sus piernas, sensualmente cruzadas y marcando el ritmo de "Smell like a teen Spirit". Dibujé sus botas, la suela y el tacón castaños en contraste con el cuero negro, y los ojales dorados brillantes como único adorno. Tenía estilo, me encantaba la sensualidad del conjunto, toques rockeros sencillos y la dulzura propia aportaba la bufanda. Salté de folio y me centré en esa camiseta gris de mangas largas que se veía debajo de la chaqueta abierta. Además de los bordes ligeramente más oscuros, solo se veía el centro, una bandera de Inglaterra desteñida tapada ligeramente por la caída de la bufanda que, entre doblez y pliegue rodeando el cuello, le llegaba hasta medio muslo.

No sé cuánto tiempo la llevaba dibujando, habían sonado ya varias canciones y con cada cambio de melodía sentía que se agotaba el tiempo. Cerré el cuaderno, con miedo a que me pillara. No estaba dormida, pues aunque ahora estaba con los ojos cerrados, seguía marcando el ritmo con el pie derecho. Tenía algo especial esta chica, y no solo por la naturalidad de su sonrisa o esas curvas sensuales entre las que me perdía evitando que me pillara. Era paz, el sentimiento tranquilo en cada gesto y esa naturalidad propia de quien se encuentra solo, por eso era imposible no perderse en la alegría de sus sonrisas.

Retomé el lápiz y una nueva hoja en blanco, esta vez sacando el boceto de memoria. Cerré los ojos dos segundos recordando la fuerza de su mirada verde cuando salió el tren. La canción acompañaba, "Another Reason To Believe", de Bon Jovi.

La dibujé de frente, con una mirada profunda  y penetrante, recreándome en cada trazo de esos enormes ojos almendrados y gatunos; me encantaban sus pestañas enormes, de esas que no necesitan maquillaje para atraparte en su mirada, y un pequeño detalle en la pupila de su ojo derecho que no podría describir. Tenía que tener la piel muy suave, eso se notaba nada más verla, y esa piel clara junto con la curva de su barbilla le daban ese toque de niña buena que le endulzaba el rostro. Sus labios no necesitaban maquillaje, cada línea era perfecta, y la proporción exquisita. Gracias a su piel clara resaltaba ese rosa pálido de sus labios, como los pétalos de una rosa recién florecida, dulces y carnosos.

Las cejas le daban carácter, mantenían la dulzura de la mirada añadiéndole el toque de picaresca que las complementaba, un toque juguetón que con las pecas le daba un aire a niña traviesa. Y como travesura propia de una colegiala, sin que yo me diera cuenta, me pilló, con voz melosa la escuché a mi lado, a solo un par de centímetros susurrándome "¿Esa soy yo?"

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

No suelo comentar las historias que escribo, el describir a la musa que me inspiró es mi forma de agradecer su propia belleza, pero en este caso haré una excepción.

Mi musa de hoy tiene nombre y apellido, se llama Ángela Bouvier (al menos en internet, claro) y tiene un blog con el que hoy me he topado por casualidad. Leedlo, merece la pena; desde la primera línea te atrapa entre sus palabras, tanto que al terminar su primera entrada me picó la curiosidad y la busqué, cruzando un par de palabras con ella por Twitter, terminando por agregarla en Facebook.

En resumen le robé la foto de arriba para esta entrada, amén de intentar captar algo de su esencia entre estas líneas; es por eso que esta entrada se la dedico, por picarme la curiosidad y por esa sonrisa que ha encandilado a mi personaje. Os dejo con su blog:

http://angelabouvier.blogspot.com/


Vistas de página en total